sábado, 18 de octubre de 2014

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Y échame uno. O dos, o tres. O los que tú quieras, que no soy exigente. Solo te exijo una cosa: quédate el resto de mi vida conmigo. Y las que vengan, pues también. Que no sé qué hay después, pero tú te vienes conmigo.

Y luego nos fumamos un piti a pachas, en mi balcón. Mientras contamos estrellas, o me cuentas los lunares de la espalda, mejor, que son más. Y los pruebas uno a uno. Y luego deshacemos la cama. Ah, no, que ya está deshecha. Pues eso, la seguimos deshaciendo. Ya la haremos mañana. Para volver a deshacerla por la noche.

Te diría que por cada beso un chupito de Jack Daniels, pero prefiero probarte sobria, y poder grabarte a fuego lento en mi cabeza. Para cuando te vayas. Que no te voy a dejar irte, por cierto. Pero quiero recordarte igual. Recordarte mientras te miro. Y echar de menos algo que no tengo que echar de menos porque lo estoy viendo. ¿Qué viendo? Tocando, mejor. No quiero mirarte, que también, prefiero tocarte. Y dejar que me toques. Y a todo lo demás que le jodan. No necesito nada más.

No quiero que dejes ni un solo centímetro de piel sin tocar. Que se tienen envidia. Y tú no eres de dejar las cosas a medias. Y quítame las medias que me estorban. Quiero que solo la piel nos estorbe.


Ya es de día. Pues me da igual, que nos mire el Sol, y que rabie de envidia. Que llore. Y nos vamos a pasear. A que sus lágrimas nos empapen. Y que tus labios mojados besen los míos. Y mi mejilla, y mi nariz y mi cuello y mi hombro y volvamos a la habitación que nos vuelve a sobrar la ropa. 

Y así todo el día. ¿Qué digo? Toda la vida.

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