Y échame uno. O dos, o tres. O los
que tú quieras, que no soy exigente. Solo te exijo una cosa: quédate el resto
de mi vida conmigo. Y las que vengan, pues también. Que no sé qué hay después,
pero tú te vienes conmigo.
Y luego nos fumamos un piti a
pachas, en mi balcón. Mientras contamos estrellas, o me cuentas los lunares de
la espalda, mejor, que son más. Y los pruebas uno a uno. Y luego deshacemos la
cama. Ah, no, que ya está deshecha. Pues eso, la seguimos deshaciendo. Ya la
haremos mañana. Para volver a deshacerla por la noche.
Te diría que por cada beso un
chupito de Jack Daniels, pero prefiero probarte sobria, y poder grabarte a
fuego lento en mi cabeza. Para cuando te vayas. Que no te voy a dejar irte, por
cierto. Pero quiero recordarte igual. Recordarte mientras te miro. Y echar de
menos algo que no tengo que echar de menos porque lo estoy viendo. ¿Qué viendo?
Tocando, mejor. No quiero mirarte, que también, prefiero tocarte. Y dejar que
me toques. Y a todo lo demás que le jodan. No necesito nada más.
No quiero que dejes ni un solo centímetro
de piel sin tocar. Que se tienen envidia. Y tú no eres de dejar las cosas a
medias. Y quítame las medias que me estorban. Quiero que solo la piel nos
estorbe.
Ya es de día. Pues me da igual,
que nos mire el Sol, y que rabie de envidia. Que llore. Y nos vamos a pasear. A
que sus lágrimas nos empapen. Y que tus labios mojados besen los míos. Y mi
mejilla, y mi nariz y mi cuello y mi hombro y volvamos a la habitación que nos
vuelve a sobrar la ropa.
Y así todo el día. ¿Qué digo? Toda la vida.
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