Sigo con la discusión con mi aparato de música, porque solo
sabe ponerme tus canciones. No sé cómo decirle que ya no estás, que te has ido,
has desaparecido. Al menos físicamente. Pero el parece no entenderme, y me pone
tu canción. Nuestra canción, mejor dicho. Y ni a gritos me hace caso, ni a
amenazas de empotrarlo contra la pared. Como hacías tu conmigo, pues igual,
pero distinto.
Se abre la puerta de mi habitación, pero sé que no eres tú así
que mamá déjame en paz que estoy estudiando. Parece que los gritos solo son sordos para ti,
y las lágrimas solo invisibles para ti. Todos los demás parecen darse cuenta,
menos tu, el único que debería darse por aludido.
Asique mando todo a la mierda, los papeles de mi escritorio,
el marco con nuestra foto y los botes de lapiceros. Pero esta vez no te tumbo
en ella, no. Porque me he cansado de perder. Tumbo todos mis pañuelos y me juro
no volver a usarlos y mamá olvídate de mí y cierra la puerta y deja de
molestar, que estoy firmando mi carta de rendición. ¿Con quién? Pues conmigo
misma. Porque no voy a volver a llorar por ti ni a gritar por ti. Já.